Síndrome de abstinencia

Tengo un vaso, pero no queda alcohol.

Tengo fuego, pero no hay tabaco.

Tengo un rulo, y ya se acabó la cocaína.

Tengo papel, pero no queda hachís.

Tengo una cuchara, pero no hay heroína.

Tengo una taza, pero se acabó el café.

Tengo tus recuerdos, pero ya no estás.

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Terminar de follar y…

sexo
– Terminar de follar y pensar “sal de mi cama ya”.
– Terminar de follar y llorar de amor.
– Terminar de follar y pensar que ya no vas tan borracho como cuando decidiste meterla en tu cama.
– Terminar de follar y no querer que esa persona se separe de ti jamás.
– Terminar de follar y saber que te tienes que ir.
– Terminar de follar y pensar si te habrán oído los vecinos.
– Terminar de follar y pensar que nadie lo hace como ella.
– Terminar de follar y querer hacerlo de nuevo.
– Terminar de follar y llorar sabiendo que esta sí será la última vez que lo hacéis.
– Terminar de follar y abrazarla como si no hubiera un mañana.
– Terminar de follar y pedir perdón por los arañazos de la espalda.
– Terminar de follar y parar el móvil de grabar.
– Terminar de follar y mirar que no se haya roto el condón.
– Terminar de follar y pensar que ha sido el mejor polvo de tu vida.
– Terminar de follar y caer exhausto.
– Terminar de follar y decir “¿te has tomado la píldora no?”
– Terminar de follar y darte cuenta de que no es con quien querrías haberlo hecho.
– Terminar de follar y pensar que podría haber estado mejor.
– Terminar de follar y ser consciente de que estabas pensando en otra piel, en otros ojos, y en otros besos.
– Terminar de follar y decir “¿Te ha gustado?”.
– Terminar de follar e ir juntos a la ducha.
– Terminar de follar y decir “buenos días”.
– Terminar de follar y decir “te quiero”.
– Terminar de follar y pensar “¡por fin lo conseguí!”.
– Terminar de follar y pensar “esto no me ayuda a olvidarla tanto como creía…”.
– Terminar de follar y ser consciente de que ya nada volverá a ser igual….

Todas esas cosas pasan… En ocasiones…

Yo decido. Sin tener por qué.

Hola de nuevo. Siempre te escribo cuando estoy mal, amigo blog.

maxresdefaultSólo hay que ver por encima todos los textos que hay en este blog para darse cuenta de que es así, quitadas las tonterías, las barbas y demás, los textos profundos son tristes.

Ya me decía mi padre hace unos años que sólo escribo de emociones cuando estoy mal, y que le gustan las cosas que escribo pero que algún día le gustaría verme escribir algo en un estado anímico de felicidad, para que no sean textos tan tristes.

Es cierto que yo he funcionado un poco así. Cuando he estado bien he estado bien, y punto, he hecho mis cosas del día a día. Demasiadas. Me he dedicado a mis hobbies. Demasiados. Y no me he parado a pensar. Me he acomodado. Cuando he estado mal ha sido cuando mi cabeza se ha parado, y entonces si, se ha puesto a pensar. Ha sido cuando me he analizado. Cuando he estado más introspectivo. Cuando he aprendido de los errores. A veces el problema ha sido que si he pasado demasiado tiempo sin estar mal se me han acumulado las cosas que analizar y luego es como una avalancha…

Hoy es diferente. Hoy no estoy mal. Estoy bastante bien. Y por vez única puedo estar analizando mi interior y contento, sin distracciones y con algo más de objetividad. No tengo claro que voy a escribir aquí hoy, en este alocado, feo y desordenado blog que es como un diario personal de lo absurdo, pero bueno, vamos allá, improvisemos.

El Viernes mi jefe se fue a casa temprano, sobre las 4 o las 5 de la tarde estaba abandonando el laboratorio. Y antes de irse me dijo: “Con tu permiso yo me voy a retirar ya, que estoy cansado”. A lo que yo contesté: “No tienes que pedirme permiso, el jefe eres tú”. Y su respuesta fue: “Efectivamente, pese a no tener que pedirte permiso lo he hecho, y eso es algo que deberías valorar. Pese a no tener que construir la frase así y poder haber salido por la puerta sin más, te he pedido permiso”. Él decidió expresarse así, sin tener por qué.

Esta anécdota es un poco absurda pero enlaza con otra conversación que tuve con un amigo hace escasos días. Él me contaba que había sido su aniversario de pareja y ella le había regalado una notita que decía:

“Se que también podría ser feliz sin ti, que me iría bien.
Pero, aun así, yo decido estar junto a ti.

Por muchos años más de ‘también me iría bien sin ti’.”

Es muy cursi, si, pero es bonito, y encierra un conjunto de claros e importantísimos mensajes que todo el mundo debería tener en cuenta para su bienestar: 1) Nadie NECESITA a nadie para ser feliz, se puede ser feliz sin cualquier persona, aunque a veces no lo parezca. 2) La elección de estar con alguien debe ser meditada y decidida libremente, y siempre en el momento que sientas que sin esa persona también te iría bien, de otra forma no es una elección libre ni sincera, sino condicionada por una dependencia.

Dicho esto, me encuentro en un momento de cambios en mi vida en el que me he propuesto firmemente decidir libremente de una vez por todas, y redefinir, sin dependencias, los aspectos que no me gustan. A día de hoy:

Yo decido abandonar temporalmente mi trabajo como científico y dedicarme (quizás) a la organización de viajes. Aunque se que en la ciencia también me iría bien. Lo hago sin tener por qué.

Yo decido abandonar las obligaciones que me roban tiempo y parte de mis hobbies, así como renunciar a algunos puestos de dirección para tener más tiempo para mi. Todo el tiempo que no he tenido en los últimos años. Se que si continuase con mi ritmo de vida también me iría bien, pero quiero probar. Sin tener por qué hacerlo.

Yo decido mudarme a Barcelona. Aun sabiendo que si siguiese en Málaga me iría bien, como siempre me ha ido bien allí. Porque quiero, sin tener otro por qué.

Yo decido a quien amar. Independientemente de todo. Con la mente serena. Decisión conjunta de cabeza y corazón. Sabiendo, por fin, que sin ella también puedo ser y soy feliz. Y si, sin tener por qué.

Yo decido cuando escribo para expresarme. Incluso estando contento. Sin tener por qué.