Síndrome de abstinencia

Tengo un vaso, pero no queda alcohol.

Tengo fuego, pero no hay tabaco.

Tengo un rulo, y ya se acabó la cocaína.

Tengo papel, pero no queda hachís.

Tengo una cuchara, pero no hay heroína.

Tengo una taza, pero se acabó el café.

Tengo tus recuerdos, pero ya no estás.

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La vida se mide en gramos

La vida se mide en gramos, en miligramos, microgramos, nanogramos, picogramos…

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Puedes pasar de 1,1 gramos a 5 gramos cada 24h
De 200 nanogramos a menos de 100 nanogramos
De 0 a 200 miligramos al día

Y simplemente tu vida ha cambiado.

Ha cambiado la cantidad de líquido que segregan tus glándulas, ha cambiado la cantidad de serotonina en tu sistema nervioso central, o ha cambiado tu nivel de nicotina en sangre.

Tú ya no eres el mismo.

La vida tiene un peso bioquímico.

Nunca nadie

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Nunca nadie me ha hecho sentir lo que tú.

Nunca nadie me ha mirado con tanto deseo.

Nunca nadie ha hecho estremecerse mi cuerpo de esta forma.

Nunca nadie ha despertado en mi tanta curiosidad.

Nunca nadie sabrá lo fuerte del lazo invisible que nos une.

Nunca nadie me había querido de esta manera.

Nunca nadie había conectado tanto conmigo.

Nunca nadie me aportará lo que ahora mismo tú me ofreces.

Nunca nadie podrá quitarme la sensación de ser uno siendo dos.

Nunca nadie te hará el amor como yo.

Nunca nadie volverá a entrar en mi mente con sólo una mirada.

Nunca nadie será capaz de generar una tormenta en mi interior de nuevo.

Nunca nadie sabrá lo que es amar si no está dentro de nosotros ahora mismo.

Nunca nadie habrá leído tantas frases compuestas de palabras vacías seguidas como tú en este momento.

 

Nunca nadie sabrá la verdad. Nadie.

Quiero hacer surf

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Ahí me encuentro, delante de ese inmenso océano azul que tanto me ha impactado.
Como petrificado, no puedo dejar de contemplar su inmensidad, un azul que va más allá de un color, logrando despertar emociones. Un azul con muchos matices. Un azul misterioso.

El ser humano siempre ha sido curioso, el mar siempre ha sido una de sus obsesiones. Y yo siento un incontrolable impulso de adentrarme. De explorar. Acabo de recibir un impacto al contemplar tal intensidad de azul, tal inmensidad. No lo esperaba. Y siento el deseo de sumergirme. Quiero hacer surf.

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Quiero surfear. Sinceramente, nunca he cogido una tabla, quizás ni recuerde como nadar, pero eso no me importa. El naufragio es un riesgo que estoy dispuesto a correr, solo por probar ese azul.

Ese azul que se esconde tras tus ojos. Quiero surfearte. Perderme en tu mirada. Inundarme de ti. Empaparme. Y hasta ahogarme en el intenso azul de tu mirada.

Una ola me tumbó en la arena con la primera mirada que me regalaste. Y aquí me quedé, mirando el océano y con ganas de más.

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No pienso devolverte la fianza

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No pienso devolverte la fianza.
¿Acaso te sorprende?
Incumpliste la cláusula.
Te fuiste. Pero no marchaste sin romper nada, sin causar deterioro.
No eres pues merecedora de obtener lo que esperas como si nada de mí.
No voy a entregártelo. No te daré algo tan valioso, por mucho que creas que te corresponde legítimamente.
No te daré ese placer. No el de escuchar de mis labios lo importante que fuiste y siempre serás para mi.

Carta a unos padres

Soy como soy gracias a vuestra intolerancia, al camino marcado, al corset, al alambre de espino, al alzacuellos.
Soy el anti-héroe, pero tampoco elegí ser así.
Soy la contra reacción natural a la opresión, a la corbata en el cuello, al rebaño y a la doctrina del bien y el mal.
Soy el grito al cielo, el puño en alto, el salmón, la mancha en la camisa.
Soy el eslabón que cede, la tuerca que detiene el engranaje del porque sí, la mente que piensa, explora y decide sin preconcebir.
No quiero herencia de ideas, memes que apestan cuando te los tragas, quiero pensar, meditar, decidir sin cordón umbilical directo a mi corteza prefrontal.

Gracias. Gracias por el estímulo necesario para desarrollar la respuesta adecuada y dotarme de una mente libre pensadora.

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La mirada

Aturdido y desorientado llegué a aquel lugar. Aturdido y desorientado porque hacía un momento estaba en mi cama prácticamente durmiendo. Pero algo de repente me espabiló y me dijo que debía ir allí. Un sitio plagado de vida pero misterioso y algo inquietante. Una especie de gruta en el frondoso bosque. Ya había estado allí otras veces y no había encontrado nada interesante pero esta vez tenía una corazonada, y es extraño que mi ser racional se hubiese dejado llevar por aquel pálpito pero sabía que un efecto similar al gravitatorio estaba tirando de mi con fuerza. Confiemos…

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Aquella bonita cueva asustaba a la vez que daba confianza. Una sensación contradictoria aparentemente. Fuera era de noche, pero tras andar unos metros llegué a un punto en el cual parecía entrar luz del exterior. Aquello era algo mágico. Supe que ese era mi sitio. Que allí ocurriría algo que me cambiaría la vida. Decidí sentarme allí a esperar… No sabía qué estaba esperando, pero intuía que no debía moverme de allí. Estaba donde debía estar. Tras un rato esperando sin impacientarme demasiado, sentado sobre una roca, escuché un pequeño ruido trás de mí. Me dí la vuelta. Y entonces ocurrió. Allí estaba… Una figura tan bella que a penas podía creerlo. Giró su cabeza que estaba de espaldas, y a través de su pelo durante esos ínfimos instantes pude ya distinguir unos rasgos increíbles, llegando al punto álgido cuando sus dos ojos me miraron de frente y se clavaron en los mios. En ese preciso instante el mundo dejó de girar. Ya está. No había nada más que decir. Nada que hacer. Todo parecía haberse detenido. Nada importaba. No existían pensamientos en mi mente. Mis cinco sentidos estaban desactivados, ya no escuchaba los pájaros ni el viento exterior. Nada ocurría y a la vez en mi interior todo había cambiado para siempre. Ese fue el instante eterno que me marcaría de por vida. Ni un pensamiento. Pura emoción. Un cambio en mí desde lo racional a lo emocional estaba comenzando con tan sólo una mirada. ¿Qué era aquello? ¿Quién era aquel ser? Realmente me daba igual. No quería ni podía apartar mis ojos de los suyos. Se trataba de una conexión tan penetrante que es como si hubiesen atado su mirada a la mía. Me miraba como si pretendiese llegar más allá de donde los ojos pueden ver. Penetrarme. Ver mi alma. Mi ser. Y lo conseguía. Y apuesto a que mi mirada era igual de intensa. Lo sé porque ambas miradas eran una. No podía ser de otra forma. Y lo sé porque oí un pensamiento que decía así: “la mirada que un día soñé”.

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De repente terminó de girarse y se dirigió a mí con una sonrisa. Me cogió de la mano y me llevó a un lago. Yo estaba en una nube y apenas podía ser consciente de todo aquello. Sólo pensaba que fuese lo que fuese, jamás me sentiría más contento de haberme levantado de aquella cama y haber acudido a este misterioso lugar.

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Allí sentados terminé de caer en aquel hechizo. No se trataba de amor. Era algo que iba más allá. Unas horas pasé en el paraíso hasta que amaneció y ese ser se desvaneció delante de mí. Volví a casa con mi cabeza en una nube y mi ritmo cardiaco incontrolado. ¿Qué había experimentado allí? No lo sé. Pero mi estructura mental y emocional ya no eran las mismas. Aquella figura tan bella. Aquel pelo tan largo e hipnótico que se contorneaba con sutileza. Pero sobre todo esos ojos con vida propia, como dos llamas que iluminan para siempre a quien los mira…

Sabía que llegada la noche volvería a aquella cueva. Ya era preso de aquel sentimiento. De aquel hechizo. Un embrujo gitano tal vez. La Ley Universal. Todo parecía tener sentido porque supe lo que significaba la palabra perfección. Y así fue. Llegada la noche volví. Me senté en aquella piedra. Y esperé… Esperé. Justo cuando estaba apunto de perder la esperanza de volver a verla apareció. De nuevo aquellos ojos en la oscuridad. ¡Joder! ¿Qué me pasa?. ¡Soy esclavo de ellos!

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Y me gusta esta esclavitud. Mi dulce condena…

Mi vida había cambiado. De nuevo nos trasladamos a un escenario paradisíaco. Todo el conjunto de sensaciones volvió a explotar en mí como una bomba nuclear. Y cuando parecía que nada podía ser mejor un nuevo mundo de sensaciones se abrió ante mí. Esa noche nos fusionamos en uno. Físicamente. Hicimos el amor como si ambos formásemos un sólo cuerpo. Una extraña fusión en la oscuridad de aquel lugar que no podía ser otra cosa que hermafroditismo espiritual porque yo no concebía dos almas, si no dos mitades de la misma.

Comencé por pedirle un abrazo. Me encantan los abrazos. Ella sin mediar palabra me concedió el deseo. La tenía entre mis brazos. Notaba su pecho junto al mío. El latido de su corazón. Su calor. Su respiración. Su olor. Pero necesitaba más contacto y pronto mis deseos se cumplieron. Ambos desnudos volvimos a abrazarnos. Ya sentía cada milímetro de su piel sobre la mía. Endosimbiosis.

Nuestra noche

Entonces decidí besarla. Me acerqué lentamente y posé mis labios sobre los suyos, de forma muy suave, casi ronzándolos. Que sensación más placentera. Mi piel iba erizándose mientras aumentaba poco a poco la presión entre nuestras bocas. Labio contra labio notaba lo suaves que eran los suyos. Suaves y húmedos en una medida perfecta. De repente ella comenzó a entreabrirlos en un signo de deseo que ambos compartíamos de manera perfectamente sincronizada. Yo sabía qué sentía ella y ella qué sentía yo como si nuestras neuronas estuvieran conectadas entrelazándose en un meta-sistema sensorial.

Introduje mi lengua muy poco a poco en su boca deseando encontrar la suya… tras unos instantes que parecían no terminar logré rozarla levemente, lo cual consiguió estremecerme. Un escalofrío mayor sentí cuando ambas se entrelazaron en un tornado de pasión que no tenía control. Todo ello sin separar ni un segundo su pecho del mío.

Nuestros cuerpos estaban ardiendo. Nos tumbamos, yo sobre ella. Y dediqué un tiempo a perderme por la anatomía del paraíso. Una piel suave y húmeda del sudor se mostraba ante mí como la orografía más bella que conocía. Quería trazar un mapa mental de todo aquello para jamás olvidar cada curva, cada pliegue… Acaricié con la yema de mis dedos cada surco con total delicadeza. Iba notando como al roce de mi piel con la suya sus vellosidades iban levantándose y su piel temblando. Sabía que estaba disfrutando tanto como yo y eso me encantaba. Me detuve en sus pechos. Eran sencillamente perfectos. Los admiraba mientras los tocaba y observaba. Que suerte tener aquel cuerpo delante para disfrutarlo.

No pude resistir la llamada que aquellos senos hacían a mi lengua. Suavemente rocé los duros pezones de aquella diosa con mis labios y lengua. Se retorcía. Sentí que nadie la había tocado así. Yo tampoco había sentido tanto deseo y respeto por un cuerpo que junto a la totalidad de las cualidades de aquel ser me hacía tratarlo como nunca traté a nadie tampoco. Mi lengua saboreó toda su superficie en forma de caricias hasta ir bajando y encontrarme con el edén en forma de monte de venus.

Sintiendo el deseo mas insoportable la miré a los ojos. De nuevo esa conexión invisible entre ambos. Me susurró al oído: “Me miras como si quisieras ver más allá de mis ojos”. A lo que respondí: “Es lo que estoy haciendo. Estoy viendo más allá de tu mirada. Y quiero hacerle el amor a tu alma”.

Sin más palabras junté nuestros sexos y al borde de la extenuación comencé a introducirme en ella sintiendo cada detalle de su interior. El placer me incitaba a cerrar los ojos pero era mayor la fuerza de mantenerle la mirada mientras nos sentíamos. Una brutalidad de sensaciones recorrió mi espina dorsal. Había alcanzado el nirvana al llegar a lo más profundo de aquel ser que me había hipnotizado de alguna extraña manera. La palabra placer quedaba corta para describir todo lo que podía sentir en aquel momento. Realmente tenía la sensación de estar haciendo el amor a su alma y ella a la mía. Hacíamos el amor con la piel, con la mirada, con los susurros y gestos.

Tras pasar largos minutos en éxtasis nos fundimos en un orgasmo simultáneo retorciéndonos el uno sobre el otro como si nuestros cuerpos no tuviesen limitaciones físicas. Lo que sentí al vaciarme en su interior mientras notaba cada contracción en lo más profundo de su increíble cuerpo es algo que siempre quedará para mí y que por desgracia no podré explicar a nadie, pues las palabras jamás serán suficientes para expresar aquello.

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El sexo nunca volvería a ser igual para mí tampoco. Había conocido un nuevo nivel de sensaciones. Como alguien que se engancha a una droga y su cerebro no vuelve a disfrutar de nada que no le haga sentir esa experiencia sensorial, esa liberación de serotonina. Aquel ser era mi personal marca de heroína.

Desperté desnudo sobre una roca y sólo. Ella ya no estaba y regresé a casa. Esto se repitió noche tras noche. Cada día hacía los mismos 5 kilómetros a pie hasta llegar a aquel lugar sólo para encontrarme con mi diosa, con la mirada perfecta, con las tres cuartas partes de mi ser que allí habitaban. Noche tras noche. Teníamos un pacto tácito. Siempre a la misma hora. En el mismo sitio.

Supe que aquella conexión seria eterna. Sería PARA SIEMPRE. “Para siempre” es un concepto que nunca solía aceptar, pero en este caso lo tenía sorprendentemente claro.

Cada noche que pasábamos juntos descubríamos nuevos lugares dentro de aquella cueva. Lugares que a veces parecía increíble que existieran allí dentro. Nos trasladábamos a sitios únicos.

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Con el tiempo me dí cuenta de que gracias a aquella extraña relación que nunca supe como definir, mi persona estaba cambiando, cada vez me gustaba más a mí mismo. Y todo gracias a la fuerza de un trabajo en equipo basado en el ying y el yang que nos hacía invencibles, o esa sensación tenía yo. Éramos la admiración de nuestro alrededor. Los animales de aquel entorno nos envidiaban, también las plantas, las flores…

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Mi nuevo Universo me fascinaba. Así pasó un mes entero. Y un día…. llegué cinco minutos antes de lo esperado a nuestra cita. Observando la naturaleza de aquel lugar me sorprendí en un impulso de explorar el entorno cercano, y lo hice. Anduve durante más de media hora entre los árboles. Había más gente allí y alguna de las figuras que veía me eran incluso familiares. De hecho durante largo tiempo perseguí a una de esas sombras, que no hizo más que huir de mí e incluso intentar dañarme con trampas entre la vegetación. En una de estas caí al suelo y al levantarme recordé mi cita. Miré el reloj. Había pasado casi una hora. Debía volver corriendo a la gruta. Ella estaría allí esperando. No podía ser de otra manera. No podía permitirme perderme hoy su presencia. Ni hoy ni nunca.

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Regresé a toda prisa, lo más rápido que pude. Y cuando casi estaba llegando la ví. Estaba de espaldas, llevaba un perro y se estaba marchando en dirección al interior de la cueva lentamente…. La llamé y entonces se giró y sonrió al verme. Pero…. Noté algo raro. Su mirada había cambiado, ya no era la de siempre. Seguía siendo bella. Tremendamente bella. La más bonita que jamás ví. Pero ya no brillaba del mismo modo. Volvimos a pasar una magnífica noche y de madrugada regresé a casa. Fui consciente de que algo había cambiado. Yo había traicionado nuestro pacto, nuestra unión. Durante un mes nos habíamos visto siempre a la misma hora, y por falsos fantasmas había incumplido aquella bella tradición. Sin embargo ella había esperado allí sentada con su perro más de una hora por mí.

Tenía muchas ganas de demostrarle a mi hada que podía confiar en mí, que jamás volvería a pasar aquello y que cada día, hasta que dejase este mundo volvería a estar allí a la misma hora. Sin embargo ocurrió algo inesperado. Tuve que irme de viaje y pasar un tiempo fuera, en tierras muy lejanas. Obligado a ello y por otro lado con la oportunidad de pensar en todo lo que había vivido y en no volver a equivocarme, no había día ni hora que no pensase en aquel ángel que había tenido la suerte de conocer. Contando los días que restaban para volver a verla y preguntándome constantemente si seguiría en aquel paraíso para mí a mi regreso. Pasaban y pasaban los días y por un extraño motivo notaba cierta pérdida de conexión, tenía el pálpito de que tantos días después ella me habría olvidado y que tampoco entendería mi ausencia, ya que no tuve oportunidad de explicarle nada.

Por fin llegó el día de volver a casa. Pero ni siquiera pasé por allí. Fui directamente al lugar. Deseaba verla. Besarla. Explicarle todo. Accedí a la gruta y llegué a nuestro lugar de reunión. Ella no estaba por allí… Esperé y esperé. No aparecía. Me adentré un poco más al fondo de la cueva y al girar una gran roca la ví…. Estaba allí, tan guapa y radiante como siempre pero un nuevo cambio notaba en ella. Esta vez era su pelo, lo llevaba corto, muy corto y además de corto era diferente, no sabría explicar por qué, ya que estaba oscuro, pero era distinto. Pero su belleza seguía intacta. Avancé hacia ella y a los pocos metros me di cuenta de que estaba acompañada. Estaba con otra persona y se disponían a adentrarse en el inmenso lago del interior de la caverna. Fue en ese momento donde lo comprendí todo. La fuerza de nuestra unión se hallaba en la conexión de nuestras miradas. Mi ausencia y la falta de lealtad por mi parte habían reducido la magia entre ambos. No tuve más remedio que retroceder y huir de allí asustado, con el miedo y el asco corriendo por mis venas. Corrí tan rápido como pude hasta estar lo suficientemente lejos de allí, arrojando por el camino el ramo de flores que le había llevado como presente.

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Los meses siguientes los pasé encerrado en casa, hundido, destrozado, llorando ríos de lágrimas por haber permitido que todo eso ocurriera. Recordando a cada segundo aquella mirada y aquel sentimiento sobrehumano. De vez en cuando me adentraba en el mágico lugar sigilosamente y la observaba, siempre acompañada por otra sombra. No alcanzaba a adivinarlo, pero intuía que no siempre se trataba del mismo ser. La veía feliz, sonriente y sin mí. La amaba tanto que jamás hubiese truncado esa felicidad con mi presencia.

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Seguía cada uno de esos interminables días llorando en la soledad más absoluta y notando las grietas que se formaban en mi corazón. Preguntándome el motivo por el cual todo un sueño se había derrumbado. Cuestionándome la utilidad misma de la vida. Yo y mis pensamientos. Yo y mi desgracia. Yo y mi dolor. Debía aprender a vivir otra vez. Rehabilitarme. Me habían arrancado un trozo de mis entrañas. Es más complicado vivir cuando te falta un pedazo de corazón. Anatómicamente es un hecho. A la sangre le cuesta más circular, te sientes débil y sin fuerzas. La tristeza me ahogaba, me estrangulaba la garganta sin dejarme comer ni respirar. Cualquier función biológica básica era un suplicio. Pero debía seguir adelante. No sabía cómo pero debía hacerlo. Seguía creyendo en aquella mirada. Creía en ello con todas las fuerzas que me quedaban, aunque fuesen pocas.

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Todo parecía perdido para siempre, pero… En una de las ocasiones en las que fui a mi cueva, a nuestra cueva… Nuestro pequeño rinconcito que ya no era sólo nuestro…. Entonces la ví. Ella estaba tendida en el suelo. Estaba destrozada. Algo le había ocurrido. Ella también parecía desear la muerte.

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Fue en ese momento cuando saqué fuerzas de un lugar que aún desconozco. Observé detalladamente el entorno cerciorándome de que no hubiese nadie más. Y así era. Estaba sola. Me acerqué a ella sigilosamente. Le toqué la espalda y le dije “¡Ey!, levanta por favor” y acto seguido le tendí mi mano. Estaba ya amaneciendo y sabía que teníamos poco tiempo. Ella me miró. Vi dolor en sus ojos. Extendió su mano para alcanzar la mía e incorporarse.

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Y sin mediar una sola palabra nos fundimos en el abrazo más hermoso que recuerdo. En ese instante recordé el momento en que la conocí y en el que le solicité tímidamente el primer abrazo. Ella lloró sobre mi hombro y yo sobre el suyo hasta quedar rendidos. No era necesario decir nada. De hecho entre dos almas unidas las palabras sobran.

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A partir de entonces todo pareció volver a la normalidad. Ocurrió lo que tantas veces deseé. Nuestros cuerpos volvieron a unirse en noches de pasión, deseo y amor sin medida, mucho más allá de las capacidades de percepción humanas. Cada noche volvía a la cueva, cada noche le entregaba una flor diferente como obsequio por darme la oportunidad de estar cerca de una criatura como ella, salida del mismo paraíso. Un ser que alimentaba mi bienestar y me mejoraba como persona día a día. La sonrisa volvió a mi cara, sentí la libertad de volver a poseer lo que más quería y por lo que me desvivía desde que me levantaba hasta que me acostaba. Me sentía grande, poderoso, único junto a ella.

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Todo volvía a su sitio. Volví a disfrutar de su expresividad, del sexo y el sentir carnal, y esta vez de una forma aún más intensa, parecía que el tiempo juntos nos iba haciendo más potentes, nos unía más y nos mejoraba, sacaba lo mejor de ambos en una sinergia que parecía no tener límite. Éramos dioses. Su mirada… Su mirada seguía ahí. Apenas me dejaba apartar la vista de sus ojos, no podía fijarme en otra parte de su cara. Seguía teniendo la sensación de que su pelo guardaba alguna diferencia respecto al que lucía cuando la conocí, pero, ¿qué más daba eso?

3

 El tiempo transcurrió  de nuevo en un viaje de la mejor de las sustancias, en un sueño del que jamás quieres despertar, en un embrujo, en un “quiero ser esclavo de tí”.

Y un mal día desperté en casa con mucha fiebre, apenas podía moverme de la cama. Pasé todo el día temblando bajo las sábanas y sólo pensando en recuperarme para mi cita con ella. Llegado el momento intenté incorporarme, pero ni siquiera pude llegar a la puerta. ¿Cómo iba a alcanzar la cueva atravesando el bosque?. Frustrado me volví a la cama con la ansiedad propia de alguien que está donde no quiere estar y se siente impotente. Aquel rinconcito decorado con mis flores, donde se alojaba mi ninfa, la que precisamente siempre lucía y lucirá unas flores en su cadera derecha adornando su cuerpo, se había convertido en mi santuario y me dolía no estar allí. Esperaba que ella lo comprendiese.

Al día siguiente, ya recuperado, me dirigí por el camino de siempre con cierto miedo, pensando si ella comprendería mi ausencia. Sentía miedo, para que negarlo. Sí. No quería volver a perderla. Al llegar la encontré en el sitio de siempre, sonriente, esperándome, su rostro amable parecía indicar que todo iba bien. Que sólo esperaba una explicación y que confiaba en mí. Me acerqué. Me sentía culpable por algo por lo que quizás no tenía motivo. Con voz temblorosa le dije: “¿Donde estuviste ayer? Vine y estuve esperando pero no llegabas.” Mi propia cobardía por el miedo a perderla me hizo ocultar la verdad. En ese momento le cambió la cara. Ella me miró con esos ojos que tanto admiro, aunque en esta ocasión la conexión entre los suyos y los míos estaba rota, y su mirada dejaba ver un sentimiento de decepción. Sabía que le había mentido y no comprendía el motivo. Vi dolor en sus ojos. Pero poco tiempo más pude contemplarlos, ya que literalmente desapareció, se esfumó tras lanzar al aire una pregunta que quedó retumbando en el eco de la cueva: “¿por qué?”.

esfumarseMe quedé desolado. Enfurecido conmigo mismo por haber vuelto a romper la magia. Decepcionado recorrí cada uno de los rincones del lugar en su busca, gritando hasta quedarme afónico que me perdonase, que la amaba. Tanto tiempo después seguía admirado de la existencia de un ser que encontré casualmente y rozaba la perfección, el misterio y el deseo. No podría permitirme perderla. Tras una madrugada agotadora volví a casa a asumir mi derrota.

Desperté al día siguiente y mientras me incorporaba, antes incluso de ser consciente de mi primer pensamiento del día ya noté una punzada en el corazón que me recordaba que algo no marchaba bien. Al poner el primer pie sobre el borde de la cama ya fui consciente de que no quería seguir viviendo, de que mi vida no tenía sentido y de que ella no estaba ya.

Hice un último intento. Ese mismo día volví a la cueva a la hora de siempre. Ella no estaba allí, pero había tallada en la puerta una inscripción: “Confía en lo que sientes más que en lo que piensas”. No sabía que quería decir aquello ni quién lo había puesto allí pero decidí entrar y volver a buscarla. Pasaban las horas y los minutos y aquella especie de sirena de la que seguía siendo cautivo no aparecía. Cuando había perdido toda esperanza creí verla. ¡¡Allí estaba!! Salí tras ella pero ella corría para no ser alcanzada mientras gritaba: “¡Déjame!” Pero yo no podía dejarla, necesitaba hablar con ella, verla, darle un abrazo, explicarle la realidad, yo no soy así, el miedo a perderla me hizo actuar como yo no era, necesitaba MIRARLA A LOS OJOS. La persecución duró varios minutos, y ella no paraba de repetir “¡No vengas por favor!”. En un momento determinado la acorralé contra unas rocas, no tenía salida, ella estaba mirando a la pared. Yo me acerqué despacio para no intimidarla mucho. Le puse lentamente mi mano sobre su hombro derecho y muy poco a poco la fui haciendo girar con delicadeza para poder verle la cara. Ella, en una voz muy bajita, casi susurrando decía: “No…..”. Muy suavemente iba intuyendo ya su cara, su mejilla, casi su nariz, poco a poco. Ya casi la tenía de frente, estaba a unas centésimas de poder mirarla a los ojos. Y fue ahí cuando mientras la observaba con detalle me di cuenta del cambio en su pelo. Aquello no era cabello. ¡Eran serpientes! En ese momento clavó sus ojos inyectados en sangre en mí, llenos de rabia… Sentí inmediatamente un resplandor inmenso.

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Se trataba de Medusa. Intenté alcanzarla, hablar, pero no podía, ya no podía, no podría hacer absolutamente nada. Mi naturaleza humana ya no existía. Había sido fulminantemente convertido en piedra por aquel ser de la mitología griega. Siempre supe que albergaba algo sobrenatural, que tenía una extraña conexión con el más allá porque si no era imposible comprender el motivo por el cual era capaz de proporcionarme aquellas sensaciones.

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Se acercó a mí y me susurró al oído: “Te quiero. Siempre te llevaré en mi cabeza y en mi corazón. Hasta siempre.” Y me dio un beso que ni siquiera pude sentir, en mi frío y pétreo rostro. Y desapareció… Con la impotencia de no poder expresarme, darle una explicación, de no poder abrazarla, quedé allí muerto en vida e inmóvil para siempre. Como pensé el primer día que la ví, esta unión sería PARA SIEMPRE, pues en su cueva quedé anclado y aunque no pueda tenerla jamás podrá mi corazón ir a otra parte.

Y aquí termina la historia más hermosa que jamás viví, y también la que me dejó petrificado de por vida anhelando los momentos en los que sentí sensaciones de otro mundo que nunca había experimentado y que jamás volveré a tener. Convertido en una estatua de piedra y con una inscripción tallada sobre mí que decía: “Rellenando las líneas de la rabia y el rencor que un día dejé a medias entre lágrimas de amor eterno”. Y una canción sonando de fondo:

Vengo a decirte lo mismo
que tantas veces te he dicho
Eso que poco me cuesta
y que tú nunca has oido

Pequeña de las dudas infinitas
aquí estaré esperando mientras viva

Vengo a decirte que el tiempo
que ya llevamos perdido
Es solo un punto pequeño
en el cielo del olvido

Que todo el daño que tengo
y lo que ya hemos sufrido
Tiene que servir de algo
para que hayas aprendido

Que como yo a veces sueño
nadie ha soñado contigo
Que como te echo de menos
no hay en el mundo un castigo

Pequeña de las dudas infinitas
Aquí estaré esperando mientras viva

No dejes que todo esto quede en nada
porque ahora estés asustada…

Vengo a decir que lo siento
aunque no tenga un motivo
Para que cuando estes sola
sientas que a tu lado sigo

Para que sientas que tienes
siempre a tu lado un amigo
Porque no quiero perderte
no quiero ser yo el perdido

Que como yo a veces sueño
nadie ha soñado contigo
Que como te echo de menos
no hay en el mundo un castigo

Pequeña de las dudas infinitas
Aquí estaré esperando mientras viva

No dejes que todo esto quede en nada
porque ahora estes asustada…