Sólo unos labios

Estaba en la parte de atrás de la tienda. Mirando a través de la cortina a los clientes que entraban y eran atendidos.

Desde esa rendija, hubo un momento que no pudo dejar de mirar fijamente los labios de aquella chica, con unas incontrolables ganas de besarlos. No la conocía de nada. No la había visto nunca. Y era consciente de que no la volvería a ver más. Es por eso que aprovechó cada segundo que tuvo para contemplar esos labios mientras se movían pidiendo un sobre de lentejas. Esos labios con la cantidad exacta de hidratación, de grosor y elasticidad.

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Dime que se siente

Me gustaría mucho saber que se siente cuando no te hierven las venas por una pasión. Cuando la emoción está tan alejada de tu forma de entender la vida. Cuando no se llora una vez a la semana o cuando una mirada no significa una búsqueda en el interior de un iris.

Siento curiosidad por saber como se vive sin la dosis de pelos de punta y los saltos a vacíos emocionales. Sin la curiosidad por el otro. Sin forzar los límites y arriesgar.

Dime que se siente cuando aceptas el mundo racional que te venden. Cuando no miras atrás para buscar, conscientemente, la melancolía. Cuando te alejas de lo que te enciende, cuando no te dejas llevar.

Por favor, dime que se siente, cuando la sangre que circula por tí es tan diferente a la mía… Dímelo.

O mejor, tócame. Para corroborar, una vez más, lo diferente que percibimos un estímulo.

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Hoy soñé contigo

Esta noche soñé contigo.
Soñé que me seguías queriendo.
Y que yo te seguía queriendo a tí.
Que te miraba a los ojos y veía aquella complicidad que tanto me gustaba.
Que aún no había cambiado el concepto que antes tuve de tí.
Que todavía sentía algo al abrazarte.
Soñé que nos queríamos y que estábamos juntos.

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Al despertar fui consciente del error emocional por el que el subconsciente, a veces, nos lleva en los sueños. De nuevo, tuve que aceptar la diferente y necesaria realidad.

Velo

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Velo por todos vosotros.

Son las 4 de la madrugada de un Martes cualquiera y velo por todos vosotros.

Se que todos dormís pero yo estoy aquí y velo por vosotros.

Velo por ti, a quien echo de menos en mi vida y se que ahora mismo duermes porque mañana trabajas.

Velo por el recluso.

Velo por la persona a la que tanto quiero, aunque ella no se quiera, y piense que su vida no merece más la pena que su muerte.

Velo por mi familia a la que jamás podré agradecer su bondad, comprensión y amor.

Velo por ti, mi gran amigo, que estás sin trabajo.

Velo por esa persona especial que me ha escrito antes de dormir para decirme lo que necesitaba escuchar y ahora duerme.

Y velo por mi. Por mi. A solas en esta habitación. En mi favela. Por este “yo” que ha crecido más en estos tres últimos meses que en los últimos diez años.

Dormid.
Yo sigo aquí. En vela. En vilo.
Os quiero.

A veces un Whatsapp te hace temblar

Él y ella compartieron su vida durante 7 años. Fueron pareja. Construyeron un proyecto de vida juntos. Ella decidió seguir otro camino. Rehizo rápidamente su vida con otra persona. Él quedó hundido, destrozado. La cosa no acabó bien, ni siquiera acabó de forma cordial. Se separaron y no volvieron a saber nada el uno del otro.

Pasaron los años. Él también rehizo su vida. Él le enviaba cada año un mensaje por el cumpleaños de ella y otro el día de año nuevo. 2 mensajes al año, durante cada año. Mensajes a los que ella jamás respondía.

4 años pasaron. Un día, él iba camino del gimnasio, tras salir de trabajar. Estaba a punto de llegar, cuando su móvil sonó. Era un Whatsapp. Era ella. Él pensó que había sido un error, que se habría equivocado. O quizás contenía algún tipo de antiguo reproche que quedó en el tintero durante mucho, excesivo, tiempo. Al abrir el mensaje, pudo leer lo siguiente:

“Hola. Perdona que no haya contestado durante tanto tiempo, pero en todos estos años no me he visto capaz de escribirte hasta ahora. Quiero que sepas que en todo este tiempo, aunque no lo creas, no ha habido un sólo día, ni uno, en el que no haya pensado en ti o te haya necesitado.”

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A veces, un Whatsapp te hace temblar. Él nunca llegó a entrar aquella tarde al gimnasio. Las piernas le temblaban.

Él aprendió ese día que la vida nunca deja de sorprender. Nunca sabes a dónde te puede llevar. Nunca se puede decir nunca.

Lo que ocurrió a partir de ahí, es otra historia y debe ser contada en otra ocasión…